La alumna que retrató un país

Leonardo Padrón

Pasó un domingo, día feliz para cualquier estudiante del planeta porque no hay pizarrón ni escrutinio. Pasó frente a las cámaras de televisión, lo que entrañaba el posible fogonazo de una fama fugaz. Pasó ante el Presidente de la República, que no es poca cosa, sino todo, porque ante él uno quisiera decir lo que nos falta e indigna, lo que nos mata, lo que nos ha vuelto penumbrosos. La estudiante, diáfana en sus 16 años, nítida en sus mejillas, se hizo voz de todo un colegio, más aun, de un país entero con todos sus kilómetros cuadrados de agobio y penitencia.

Una estudiante que no ostentó carnet de la patria alguno, sino su simple carnet de estudiante del Liceo Benito Canónico de Guarenas. Una estudiante, con sonrisa de arcángel, que ha hecho el milagro de sanar las heridas de su colegio en dos minutos treinta segundos de honestidad comunicacional. Dulbi Tabarquino, en la recta final de su bachillerato, tuvo su oportunidad de oro y, con el respeto que supone dirigirse a la autoridad máxima del país, y quién sabe si con su corazón “bolivariano y revolucionario” (que así categorizó al gobierno), hizo una rápida lista de los agravios que sufre el liceo donde estudia. Habló de su arruinada estructura física, de los robos cotidianos, de la falta de comedor para “450 estudiantes que no tenemos ni desayuno ni almuerzo en el liceo”. Y entonces Maduro, magnánimo y horizontal, campechano al modo Chávez Frías, le preguntó por qué no tenían comedor. Ella tartajeó una sonrisa, miró a su izquierda como pidiendo permiso y soltó el latigazo: “Nos suspendieron el sistema hace dos años” (¡dos años!). Maduro, cómplice, proactivo: “¿Y ustedes que han hecho?” Dulbi restalló otro latigazo: “Hemos hecho las solicitudes, pero no hemos tenido respuesta”. Una frase idéntica a la que millones de venezolanos pronuncian cada vez que reclaman una ineptitud gubernamental. Maduro, solidario, tutor de sueños,  brincó al instante: “¡No se pueden quedar en la solicitud, ustedes se tienen que movilizar, ir a la calle, que se sienta su palabra y conquistar sus derechos en la batalla!”. Ohh.

Crujieron los televisores.

Levantaron vuelo los pájaros de los árboles.

Se detuvieron los vehículos en el hombrillo.

Las rotativas pararon.

¡Oigan lo que ha dicho el mismísimo presidente!

Sin duda, es el bocadillo que se espera de todo militante nacido en “las catacumbas del pueblo”. Pero no del hombre que ordena evitar la más mínima marcha a cualquier institución pública, llámese CNE, TSJ o Miraflores. No del mismo personaje que ha arrojado a decenas de estudiantes a los sótanos del SEBIN por querer “conquistar sus derechos en la batalla”, y ha comprado – con dinero nuestro- toneladas de bombas lacrimógenas, perdigones y “plomo del bueno” para esparcir sus efectos mortales en los rostros, pechos y espaldas de estudiantes, tan estudiantes como Dulbi, y de miles de opositores que han decidido “movilizarse, ir a la calle”, como el propio Nicolás Maduro, el solidario, recomienda frente a las cámaras de televisión.

¿Puede la nueva moda del liqui liqui presidencial cubrir la superficie de tanto cinismo derramado? Apenas a 48 horas del consejo de Maduro a Dulbi, dos gruesos piquetes de la PNB impidieron el paso de médicos, enfermeras, laboratoristas, estudiantes (otra vez estudiantes, como Dulbi, Nicolás, como Dulbi), y miembros de distintas ONG que trabajan en función de adecentar el sistema de salud del país.

Para poner todo más democrático aún, a los policías se le agregaron treinta motorizados (¡ah, los colectivos!) que con su clásica cordialidad disolvieron la marcha de los gremialistas de la salud. La propuesta de Nicolás a Dulbi, entiéndase, es solo un parlamento inspirador para los ámbitos de un programa de televisión. No debe aplicarse en la vida real.

Para nadie es un secreto el estado ruinoso de nuestros hospitales. En muchos de ellos también se está cayendo el techo (como en el salón de clases de Dulbi), no sirven los ascensores o, peor aún, ni siquiera hay agua, camas, jeringas, reactivos. Hay gente enferma que está desesperada por falta de medicamentos. Desesperada. Con todas sus letras. Los doctores se sienten abochornados por tanta indigencia. Porque en los hospitales ya no se dispensa salud. Y ni siquiera hay seguridad o comida (como en el liceo donde se desmayan los compañeros de Dulbi).

¿Qué necesitan los médicos y enfermos de este país para que sean oídos sus ruegos? ¿Tendrán que esperar a que el productor de “En Contacto con Maduro” paute un programa en un hospital público? ¿Así, de domingo en domingo, se irán resolviendo los abismales problemas del país? ¿Cuántas décadas necesitaríamos para llegar a la zona de oxígeno?

Al día siguiente de la exhortación de la futura bachiller se presentó un piquete de obreros a corregir las ruinas y el abandono de su centro escolar. Ese mismo día, un canal de televisión privado reseñaba la protesta de padres y representantes de la escuela básica José Apolinar Cantor en Maturín: cinco años sin servicio de agua potable para 700 alumnos, falta del servicio de alimentación escolar, fallas de luz, techos llenos de filtraciones y el continuo acoso de delincuentes. El mismo retrato de Dulbi Tabarquino. Con una notoria diferencia. Maduro no se enteró. La denuncia no fue en su programa. Ergo, nadie los atenderá en su urgencia. Sin rating no hay paraíso.

Aquel domingo, Maduro pedía un informe y la joven le decía que ya estaba hecho y presentado. Maduro descolgaba una frase de trámite y ella añadía los problemas de inseguridad, de luz eléctrica, de falta de pupitres, de pintura. El presidente lamentó (dice, asegura, jura él) haber tenido que ir a ese sitio para enterarse del estado de las cosas.

Señor Nicolás Maduro, termine de enterarse, usted es el responsable del estado de las cosas. El día que renuncie a su adicción a los micrófonos y a la salva de aplausos de sus fieles camaradas a sueldo, quizás pueda descubrir que no es solo el techo del liceo de Guarenas el que se está cayendo, ni sus liceístas los únicos que se desmayan de hambre.

Es todo un país desmoronándose ante sus ojos. ¿Será que los tiene cerrados?

Una niña de 16 años retrató al país entero en dos minutos y medio. Y Nicolás Maduro jugó ante las cámaras a que resolvía algunos entuertos.

Pero, hay que recordarlo, camaradas, el hambre y la miseria no serán televisadas.

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