Olvidando la Dieta de Maduro

Cecilia Castro

Como inmigrantes que intentamos sumergirnos en una nueva sociedad y procreadores de nuevas generaciones con doble nacionalidad, estamos también adoptando las “enfermedades culturales” asociadas a hábitos y estilos de vida del nuevo país.

En el último informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) “Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional en América Latina 2016”, se indica que el 63% de la población chilena presenta sobrepeso, presumiendo el tercer lugar en el continente detrás de Bahamas y México con un 69% y 64%, respectivamente.

Es sabido que el sobrepeso y la obesidad son enfermedades de causas multifactoriales, mayormente asociadas a hábitos de alimentación inadecuados y consumo excesivo de alimentos ultraprocesados, y si bien la obesidad no representa una causa de muerte directa, está relacionada con todas las enfermedades crónicas que sí son principales causas de muerte en Chile; tales como hipertensión, patologías cardiacas y complicaciones de diabetes; no estando estas condicionadas exclusivamente a la nacionalidad, genética o herencia, sino a los malos hábitos instaurados en tan solo algunos años.

Intentando contrarrestar esta situación, el MINSAL propone diferentes medidas para reducir el sobrepeso y la obesidad en el país, tales como: ley del etiquetado nutricional, prohibición de la publicidad alimentaria dirigida a niños, control de la venta de alimentos en el entorno escolar e impuestos a los alimentos de contenido nutricional nocivo.

Todas estas medidas están dirigidas al control del consumo de alimentos ultraprocesados, definiendo estos, según la Organización Mundial de la Salud, como “formulaciones industriales elaboradas a partir de sustancias derivadas de los alimentos. En sus formas actuales, son inventos de la ciencia y la tecnología de los alimentos industriales modernas. La mayoría de estos productos contienen pocos alimentos enteros o ninguno. Vienen listos para consumirse o para calentar y, por lo tanto, requieren poca o ninguna preparación culinaria”. Por ejemplo: bebidas gaseosas, bebidas en polvo, azúcares, cereales infantiles azucarados, galletas, panes blancos, golosinas y caramelos. Es decir, alimentos que no están presentes en la naturaleza y que, por lo general, se componen de una elevada densidad calórico-energética; esas llamadas calorías vacías que no aportan ningún tipo de nutrientes y, mucho menos, beneficios para la salud.

Dentro de las complicaciones que estos alimentos generan se pueden mencionar la dificultad para metabolizarlos correctamente, las respuestas hormonales exageradas que se producen inmediato a su consumo, la subida abrupta de la glicemia o azúcar en la sangre, y particularmente, la adicción generada, pues son productos sobre los que se pierde cualquier intento de control de porción.

En el mismo orden adictivo y conductual, se puede entender que al recién llegar de Venezuela -donde lo único ultra procesado es la escasez alimentaria y la miseria-, exista cierto desespero por adquirir productos de consumo casi olvidado. Siendo así, lo único que puede ayudar a sobrellevar la adaptación es un patrón alimentario correcto. Es decir, por una sola Nutella nadie se volverá obeso, ni por comer una sola lechuga alguien perderá peso. Es el patrón, la concurrencia, la constancia del exceso en el consumo inadecuado lo que produce el sobrepeso y la obesidad.

Por todo lo anterior, se recomienda “darse sus gusticos de vez en cuando”, pero que la constante sea una alimentación basada en alimentos reales, naturales, sin empaques; pues no debemos olvidar que nos espera un largo camino lleno de desafíos, y mantenernos saludables nos asegura estar a la altura del reto asumido.

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