De jugar “chapitas” a ser el reflejo de un país

Humor en tiempos de migración

Andrés Narváez

Ningún venezolano promedio, sin importar en qué estado o provincia haya nacido, si su raza es negra, blanca, china o verde perico (color existente únicamente en Venezuela), si se crió en la punta del cerro más peligroso o en la zona más sifrina del país o si su oficio es bachaquero, raspacupo, enchufao o pelabolas (todos aquellos que no hacen los 3 oficios antes mencionados), podría negar que un juego de una selección nacional de cualquier disciplina mueve emociones.

A veces son mezclas extrañas. Por ejemplo, lo que hizo Adrián Solano, que es un misterio inexplicable. Por un lado da como cosa, con vergüenza y rabia (inserte *pi* de grosería) por lo patético del performance como “esquiador”; por otro lado, los rumores de que era un “enchufao” que le habían pagado todo para generar polémica y así desviar la atención de los problemas del país. Por último, para rematar todo, lo que salió en las redes sociales, en las que afirmaban que fue un chamo de origen humilde que reunió su plata para perseguir un sueño. Al final no entiendo bien cuál es la emoción, es como cuando tienes hipo, tos, diarrea y te dan ganas de estornudar, definitivamente no sabes en qué concentrarte.

También hay emociones bien definidas con esto del deporte, como cuando Alejandra Benítez subió su video a redes sociales donde se estaba “batiendo un champú” con los gigantes ojos del supremo en las olimpiadas de Río 2016. No hay comparación válida para el pique que eso dio.

O con la que hemos sufrido más todos, nuestra amada Vinotinto, que nos ha llenado de tantas alegrías como tristezas, que nos promete cambiar pero sigue igual, que nos habla bonito al oído un día y se nos olvida todo lo malo… ¿Será que la queremos tanto por ser el vivo reflejo del país?

Dentro de tanto problema o “atado”, como dirían en Chile, ver a tu equipo ganar medallas o celebrar un campeonato te muestra a muchos coterráneos sonriendo juntos en la pantalla del televisor, lo que últimamente es raro en nuestro país, y eso alegra a cualquier venezolano. Pero nada nos iba a preparar para lo que sucedería en marzo de 2017. Una cosa es hablar de esquí, esgrima o fútbol y otra muy diferente es hablar de béisbol, sobre todo si desde muy pequeños se entrena en las calles jugando “Chapitas”.

Jugar chapitas es un deporte que emula al béisbol, en el que, por alguna razón, es buena idea lanzar una chapa metálica, con bordes irregulares medio afilados a corta distancia, a otro individuo con un palo de madera es sus manos, para que la batee y la devuelva a alta velocidad y, potencialmente, podría ocasionar daños irreversibles a la cara u ojos de cualquiera de los participantes. No existe chino, italiano, estadounidense o japonés que vea lógica alguna a esto, y nosotros lo venimos jugando desde que tenemos 8 años de edad. ¿Cómo es posible que un equipazo con 9 grandes ligas venezolanos haya tenido tal desempeño?

El deporte es un concepto imposible en su concepción sin disciplina, quizás hay varios deportes en los podría decir que hay países que saben menos que Venezuela, no me atrevo a nombrarlos, pero probablemente lo que sí entienden como sociedad esos otros países es sobre constancia y disciplina. Sin duda aprendí que el deporte es vivo reflejo de la realidad de un país.

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