Mamá Sin Drama | ¡Nos vamos, dije!, por Eunice Gamero

Esto da miedo a cualquier edad, así tengas uno, dos o tres hijos… tengas la edad que tengas. Y es que migrar es un proceso de cuidado. Cuando tomé la decisión de irme de mi país natal con mis dos bebés fueron muchas las personas que se alarmaron y me invitaron a cambiar de opinión ya que “no estaba en una mala posición ni tenía necesidad”, pero yo soy terca desde pequeña y nadie logra hacerme cambiar de opinión cuando estoy convencida de algo. Por eso me casé y me divorcié. Como dicen por ahí, “es mejor cortarme la cabeza que hacerme cambiar de opinión”. Eso sí, sin mucho drama.

Viajé desde una de las perlas del Caribe hacia el país más austral del mundo. El cambio fue radical, pues en mi país no hay estaciones -o llueve o no llueve, por eso no estamos pendientes del tiempo, además de que si dicen que lloverá no sucede- para uno no solo están las cuatro estaciones sino que cambian a su antojo. Esto como muchos otros cambios.

Eso de migrar con chamos es definitivamente una situación para hacer dramas, pero calma pueblo que no hay tarima para el show. Cuando la gente me conoce siempre pregunta:

¿Te viniste sola con los dos?

Sí. Viajé desde Venezuela el 30 de diciembre de 2016 a las 06:05 de la tarde, al mejor estilo de la Billo’s Caracas Boy dije “año nuevo, vida nueva”. Sin temor a nada. Mis papás nos acompañaron hasta la puerta del aeropuerto y fue ahí cuando comenzó la aventura de #Los3.

No hubo tiempo para el drama, para nada. ¿Lágrimas? Las de Maximiliano pidiendo que lo amamantara. ¿Puedes imaginarme con dos bebés, seis maletas, un coche, un cambio de residencia, una familia y un país al que dejas atrás? Pero en mi pueblo dicen que “a uno nunca le falta Dios”, y en ese viaje -como en toda esta aventura migrante- no faltó quien me ayudara.

Valentina fue la primera en ayudarme cuando iba a abordar en Caracas. Cuando llegamos a Lima, fui la última en bajar por los enanos, por lo que coincidí con el piloto del avión y toda la tripulación; este, al verme con los dos bebés, solicitó a los operadores de plataforma que me bajaran el coche pues yo no podía esperar en el aeropuerto dos horas con los niños sin el coche. No era la norma, fue la primera excepción de mi travesía.

Bajarnos del avión también fue un tema porque era aquel maletero y bueno, nosotros tres, pero lo logramos. Al llegar a Santiago, a las 04:05 de la mañana, mi cuñado nos esperaba. Verlo fue paz, pues habían pasado cuatro meses desde la última vez que nos abrazamos.

Al llegar a su departamento en Santiago Centro mi hermana y mis sobrinas nos recibieron con aquella alegría digna del venezolano. Mi hermana y yo somos muy distintas, ella es bastante ordenada por lo que después de los abrazos y los saludos tomó las maletas y comenzó a organizar todo.

-¿Y esta maleta?, preguntó sorprendida.

-¡Co…! Esta no es mía, respondí con aquel sabor de “no todo podía salir bien”.

A las 06:00 de la mañana estaba yo de vuelta en el aeropuerto, un 31 de diciembre… ¡vida nueva! No había nadie en la oficina de atención al cliente de la aerolínea con la cual viajé. Estuve sentada ocho horas en frente del lugar, viendo a través de su puerta transparente mi maleta. A las 02:30 de la tarde, una aeromoza muy atenta me dijo “de no haber venido nos hubiésemos comunicado con usted el 3 de enero”. En ese momento supe que había comenzado lo divertido.

Antes de venirme me preparé mucho emocionalmente porque no es cosa fácil migrar, pero me ayudó que mis hijos fueran bebés, ya que los niños se adaptan de forma más fácil y rápida que los adultos. Nunca dejé de hablarles sobre el cambio que nos venía, y creo que es mi mayor recomendación para los papás que se enfrentan ante este reto: buscar ayuda de profesionales, hablar de forma sincera y hacerles entender a sus hijos que las raíces se llevan en el corazón y en la sangre, si no, que lo diga Gardenia que no puede escuchar un calipso porque empieza a bailar.

Fueron muchos los que se opusieron a que me viniera, muchos más los que apostaron porque regresaría con las tablas en la cabeza, pero mi fuerza, determinación y voluntad pueden más que las zonas de confort de muchos, porque al final de eso se trata migrar, “salir de tu zona de confort” y de estar seguro de que estas haciendo lo correcto para ti y para los tuyos, porque si no es así, lo mejor es quedarse.

Sigo aquí, siendo terca, necia y testaruda. Cada día me convenzo más de que afirmar “nos vamos” fue la mejor decisión que he tomado y cada vez que me preguntan “¿cómo lo hago?”, respondo lo mismo: “no lo sé”. En este momento solo sé que este es el camino que escogí -todos tenemos razones válidas para migrar y para no hacerlo- por lo que debo asumirlo con la mejor actitud, porque esta también es una forma de ser y hacer país: siendo mamá migrante y sin drama.

Si quieres saber más sobre esta historia y tips para sobrevivir la maternidad y la migración, te invito a seguir a “Mamá Sin Dramas” en las redes sociales. Ahí podrás descubrir cómo lo hago o cómo no lo hago, depende de la perspectiva.

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