Mi homenaje a los caídos en la rebelión popular de abril

Ingrid Bravo Balabú / @ingridbbalabu

Un año ha transcurrido de la primera gran rebelión popular del siglo XXI en Venezuela. Así denominó la ONG Provea a las masivas protestas nacionales que iniciaron a finales de marzo y que se extendieron por tres meses en reclamo a la decisión del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), de suprimir inconstitucionalmente las atribuciones de la Asamblea Nacional (AN).

El comienzo de 2017 fue fatídico. Las largas colas para comprar medicinas y alimentos continuaban, la inflación hacía estragos en los bolsillos de los trabajadores, además de esto empeoró la prestación del servicio eléctrico, el agua comenzó a escasear de manera dramática y el gas doméstico brillaba por su ausencia. A esto hay que incluir el zarpazo institucional de la alta corte al limitar las funciones del Parlamento. No hubo opción y ante el cansancio la respuesta fue la calle.

Avenidas y autopistas fueron escenario de masivas manifestaciones en contra del gobierno de Nicolás Maduro. No hubo exclusiones por edad, clase social o nivel socioeconómico: la protesta se encargó de unir a los ciudadanos que exigían respeto a la carta magna, elecciones libres y una salida democrática a la administración del heredero de Hugo Chávez.

La prensa internacional se hizo eco de las demandas colectivas, el mundo ya sabía quién era Maduro, pero al que tenía la venda en los ojos se le cayó. Las fotografías de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) atacando sin piedad a personas indefensas y desarmadas le dieron la vuelta al mundo y evidenciaron que en Venezuela falta todo… hasta la democracia.

En Miraflores solo se encargaron de dar órdenes para reprimir de la manera más salvaje a quienes se sumaron a las actividades organizadas por la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). El resultado de esos 90 días de voz alzada aún duelen: al menos 135 muertos y un manto de impunidad colocado desde el Ejecutivo.

La mayoría de estos asesinatos ocurrió a manos de funcionarios de cuerpos de seguridad y, lejos de garantizar acceso a la justicia, el hermetismo ronda la mayoría de las investigaciones. Entretanto, madres e hijos lloran a sus caídos con el desconsuelo como acompañante.

Estas líneas quiero dedicarlas a todos los ciudadanos que hace un año vencieron el temor y comprendieron que ejercer ciudadanía no se limita solamente a votar o a participar en actos proselitistas.
Enfrentar el aparato del Estado al punto de dar la vida por la nación es una prueba de que el año pasado tuvimos muchos libertadores. Sí, hasta el propio Simón Bolívar estaría orgulloso de ver como un pueblo cansado del hambre, desesperado y agobiado se atrevió a protestar con ánimo, sin miedo.

Debemos honrar a todos aquellos que murieron por nosotros en esos 90 días de manifestaciones, aunque el desasosiego se apoderó del país por los acontecimientos posteriores y la torpeza de la dirigencia política opositora que no estuvo al nivel de los venezolanos que pedían un cambio. Los errores y la insensatez de algunos líderes de partidos dejó una terrible consecuencia: la desconfianza.

Puede sonar drástico, pero después de la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), y la forma en la que el gobierno ganó las elecciones regionales y locales, la esperanza se esfumó de Venezuela. Ahora las largas filas son a las afueras de consulados y embajadas. Para muchos, esta crisis institucional no tiene solución inmediata y la única posibilidad de tener una vida digna es en el extranjero.

Todos los acontecimientos que surgieron tras la suspensión de las protestas deben llamarnos a la reflexión. Más de un centenar de hermanos venezolanos fallecieron, pero el país no sigue igual. Simplemente se estancó, se profundizaron los problemas y la impotencia está en las caras de quienes lidian con una inclemente hiperinflación, una inseguridad cada día más despiadada y los sueños frustrados de tener de regreso al país que nos vio nacer, crecer y desarrollarnos.

Yo me pregunto, ¿cómo se sentirán las madres de nuestros mártires de 2017? ¿Cómo estarán los hijos de esos héroes? No es que la memoria colectiva sea limitada, sino que este es un país que permanentemente vive en conflicto y cuando uno sale del asombro ante un acontecimiento, ocurre otro que simplemente te deja pasmado.
El llamado a unas elecciones presidenciales no ha servido para calmar a la población. Por el contrario, el desinterés en esta jornada es el protagonista. Tanto en el sector que se considera opositor como en el chavista redimido existe una tendencia alta a la abstención, no solo por los atropellos y excesos cometidos por el Consejo Nacional Electoral (CNE), sino por la falta de conexión con los candidatos. Si bien Maduro ha sido el peor presidente de la era democrática, la no participación le da una gran ventaja para repetir en el cargo y estar 6 años más al frente del Ejecutivo.

El 20 de mayo está a la vuelta de la esquina -si es que no vuelven a cambiar la fecha de los comicios-, y los venezolanos seguimos sobreviviendo. Ojalá la oposición logre una estrategia que le permita a los ciudadanos retomar el carácter combativo que representa a esta tierra y, como lo dice la franela que se repartió para la marcha del 19 de abril de 2017, salir nuevamente a la calle y gritar: ¡Yo soy Libertador! Por supuesto, yo estaré allí como ciudadana y periodista para dejar constancia del renacer de la gallardía.

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