Venezuela debe subir su autoestima colectiva para poder ser libre

Ingrid Bravo Balabú / @ingridbbalabu.-

Se consumó. A pesar de las voces que asomaban la posibilidad de que las presidenciales venezolanas se suspendieran, una vez más, el chavismo se salió con la suya y en esta ocasión, sin mucho esfuerzo: la oposición venezolana se la puso muy fácil desde el principio.

De nada sirven los sollozos, las críticas, los lamentos por lo ocurrido “y por lo que no fue”. Una de las lecciones que debemos aprender los venezolanos es subir la autoestima colectiva, dejar la quejadera y de inspirar lástima. La gallardía y la firmeza siempre deben estar presentes, como un mantra, como un anhelo.

Justamente por la debilidad del electorado y la falta de preparación de la dirigencia política, el oficialismo, a pesar de su pésima gestión, con el repunte en los índices de criminalidad, la hiperinflación, la escasez de alimentos y medicinas, seguirá al frente de los destinos del Gobierno por seis largos años más. Si con todo lo mencionado la gente se muere de mengua y por desnutrición, no quiero pensar qué quedará del país en 2024.

Aunque a muchos directivos de partidos de la Mesa de la Unidad Democrática (MID), y otros sectores adversos al Ejecutivo se encarguen de evadir sus responsabilidades, la realidad del país ratifica que la falta de seriedad en los compromisos y la desconexión con la sociedad es culpa de aquellos que consideran que la política solo es participar en reuniones palaciegas, con licores costosos y pasapalos exquisitos. El “mea culpa” no llega nunca y los ciudadanos cada vez están más desamparados y confundidos.

Es necesaria una renovación de la dirigencia que hace vida en las toldas de oposición. En Venezuela siempre apuestan a los “veteranos”, pero precisamente esos experimentados han sido la piedra de tranca para que se produzca el anhelado cambio de rumbo. Es importante que la juventud, con ideas nuevas, sin vicios individualistas y con ganas de rescatar la República pueda impulsar la reconstrucción del país.

Es oportuno seguir hablando de los veteranos, esos que por conversaciones con la administración de Nicolás Maduro le pusieron un freno a las masivas protestas antigubernamentales que se registraron el año pasado entre abril y julio. Precisamente por creer en un Gobierno que nunca juega limpio, estos políticos se anotaron otra derrota, a la que luego se sumaron los nefastos resultados de las elecciones regionales y locales.

Este año, el escenario ha sido peor. La dramática realidad social y económica hace estragos en los bolsillos de la gente, esa que no sabe cuál será el rumbo de su vida si no puede emigrar. Los políticos siguen ciegos y sordos, además de no presentar un proyecto que apueste a la integración y mejora de la calidad de vida. Desde la convocatoria a las írritas presidenciales, no hubo conducción, ni mensaje contundente. Hasta para promover la abstención faltó tacto, ideas y propuestas. Un fracaso total desde la A hasta la Z.

Si bien las candidaturas del gobernador exchavista, Henri Falcón, y del pastor evangélico, Javier Bertucci, generaron dudas entre los electores, fue la aspiración del exmandatario la que concentró el mayor rechazo. Su candidatura fue poco creíble, vacía, no produjo entusiasmo, mientras que el líder religioso repartiendo sopas en sectores populares ganó un poco más de respeto.

Mientras tanto, Maduro sigue siendo Maduro. Apeló a la coacción e hizo del Carnet de la Patria y las bolsas Clap las razones suficientes para repetir en el cargo, con el bonus track de una oposición dividida que no logra superar sus diferencias.

El panorama luce sombrío. Realmente, siempre lo ha sido. Basta que exista una luz, una posibilidad de salir del desastre para que la torpeza opositora o la viveza del oficialismo se encarguen de cerrar cualquier puerta que conduzca a la libertad.

Pero no podemos ser apocalípticos, si algo deja las crisis es la posibilidad de reinventarse y eso aplica a todos los aspectos de la vida. Lo primero que debe ocurrir es la reflexión, luego el diseño de un plan eficiente para regresar a la democracia.

Por supuesto que no es sencillo. De allí la importancia de hacer política con “P” mayúscula. Ciudadanos y dirigentes deben ir en la misma dirección, con los mismos intereses y el indoblegable amor por Venezuela.
No se pueden seguir repitiendo los errores que le han permitido al chavismo continuar al frente de la primera magistratura por casi cuatro lustros. Los países de la región, poco a poco, han ido borrando de su historia el llamado “socialismo del siglo XXI”. Argentina, Chile, Ecuador, Brasil, otrora aliados estratégicos de Chávez, ahora son los más férreos detractores de ese modelo político que solo ha traído pobreza y desigualdad en los países donde se ha aplicado.

Sin la disposición a mejorar, las ganas de crecer y el retorno a un sistema que garantice empleos dignos, salud y educación para toda la población, Venezuela seguirá hundida en la miseria más profunda. De nada servirán sus reservas de petróleo o sus bellezas naturales si permanece aislado de la comunidad internacional.

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