Los dramas del amor por: Alberto Barradas

Hoy es de esos días en que me cansa la misma letanía existencial, donde el amor no puede ser simple sino siempre complejo. No veo nada más sencillo y profundamente básico en que una persona me guste, luego me atraiga sexualmente, después la conozca y vea que a pesar de ser una persona plena, la otra me complementa, luego me enamore, lo cual es la necesidad existencial de estar al lado de esa persona y al final formemos una unión llena de alegría, comprensión, estímulo y placer. ¿Dónde está lo complicado de eso?

Los celos, la fidelidad -para mí es ese el problema, no la infidelidad-, el matrimonio, los problemas de salud, económicos, sociales, el estrés, la familia del cónyuge, los paradigmas de cómo se deben llevar las relaciones, los conflictos psicológicos y todo un tsunami de excusas, para caer en el mismo sitio donde todos caemos: el drama.

Sin duda alguna, somos adictos a ciertas emociones, como si necesitáramos de ellas para lidiar con nuestro ambiente y protegernos del riesgo que implica nuevas emociones y nuevas formas de relacionarse. La incertidumbre y el cambio son enemigos de toda persona alienada en súper estructuras culturales, que nos dicen u ordenan lo que siempre tenemos que hacer.

Que si me quiere, que si me quiere demasiado, que si no me quiere, que si no esta solo, que si es casada, que si los hijos y el daño que le podemos causar, que si a mi mamá no le gusta, que si mi papá me bota de la casa, que si la virginidad, que si es un limpio, que si solo quiere sexo, que si quiero ser libre, que si lo quiero solo para mí, que si no le perdono la infidelidad, que si la relación es de dos, que si el intercambio de parejas es pecado, que si tenemos que hacer el amor los sábados, que si no tenemos que hacerlo, que si esto o aquello ¡para pegar, señores!

La otra sombra que oscurece el amor es la culpa, una costumbre que toda pareja en el mundo ha practicado y practica hoy en día. Culpabilizar al “otro” es un deporte nacional, sin duda alguna. “Es que ella me arrastra”, “es que él no me deja”, “es que mis hijos se meten en la cama y por eso no podemos hacer el amor”, “es que mi mamá es la culpable”, “es que mi papá estaba ausente”, “es que el ambiente perjudica”, “es que la situación política no me deja crecer”, “es porque no tengo dinero”, “es que no sé hacer nada y por eso soy dependiente”, “es la religión la culpable”, “es el miedo a la soledad”, “es el miedo a la compañía”, en fin…agrande usted la lista.

Culpabilizar al otro es no asumir la propia responsabilidad de nuestras acciones. Cuando culpabilizamos al otro, estamos anulándonos como seres humanos y mientras más lo hacemos, más indefensos tendemos a sentirnos. Culpabilizar al otro nos convierte en eternas víctimas. Inclusive, para muchas cosas positivas también culpabilizamos al otro. He escuchado un montón de veces a personas refiriéndose a situaciones de amor bastante complicadas diciendo: “Yo no lo busqué, él/ella me buscó a mí, yo no quería ninguna relación”.

Es impresionante la cantidad de veces que he escuchado lo mismo, prácticamente con las mismas palabras. No parecieran darse cuenta de lo risible que suena eso. Es prácticamente como si muchas personas pensaran que realmente no tienen responsabilidad de sus actos. No lo puedo negar, eso me suena a locura.
“Yo me he dejado arrastrar”, “yo permito que mis hijos se metan en la cama”, “yo no he tomado la decisión de dejarlo(a)”, “me cuesta vivir separado(a) de mis esquemas de la infancia, promovidos por mis padres”, “no he tenido buen tino al adaptarme a la situación política o económica del país”, “es que no he tomado la decisión de aprender un oficio para dejar de ser dependiente”, “la religión que escogí para mí me reprime y no se cómo salir de ella”, “siento que no soy capaz de vivir en soledad”, “siento que no soy capaz de vivir en compañía” son formas altamente eficientes para emprender los cambios necesarios a fin de resolver aquello que nos hace sufrir.

La verdad es que si dejamos de culpabilizar al otro tendríamos mucho más control de nuestra vida. Si iniciamos un proceso de darnos cuenta de nuestra propia responsabilidad podríamos realizar los correctivos necesarios en cuanto a cambiar las situaciones que nos aquejan o, sencillamente, adaptarnos a ellas. Asumir que uno es responsable de sus propias decisiones aparte de ser un síntoma inequívoco de madurez, es también una respuesta muy eficaz ante las vicisitudes que nos tocan vivir.

¿Cuántas veces decimos “te amo” sin sentirlo?, y ¿cuántas veces más te haces el duro cuando en realidad sientes que te desmoronas de amor por esa persona que ayer era un extraño y hoy quieres que sea el padre o la madre de tus hijos? Vivimos en una incongruencia total cuando se trata de ser uno mismo: a la sociedad no le interesa quien eres si no cómo encajas. Mejor asumir esa realidad para darte cuenta que mientras no rompas los platos puedes comer lo que quieras y donde sea. No es tan difícil, solo es asumir que mejor ves las estrellas y la luna y cuando deseas aullar como lobo, miras a los lados, te das cuenta de que no hay nadie y empiezas a gritar como loco. No existe sensación más placentera que esa.

Nos convertimos en seres complicados, perdimos nuestra esencia y queremos darle al mundo la culpa de todo. No queremos vernos a nosotros mismos, porque si lo hacemos, no nos gustará y no tendremos a quien culpar. Entonces aparece el amor de tu vida y descargas allí todas tus frustraciones represas, que ni la sociedad ni tu familia te permitieron drenar. Y después quieres que esa persona se quede a tu lado para siempre porque, si no, ¿ a quién le echas la culpa de tus complejos?

Gente que quiere que lo amen a juro, porque sí, inmadurez en su estado puro, egoísmo. Gente que pierde su dignidad y su entereza por un amor “pichirreado”, por migajas. Gente que se escuda detrás de los hijos para no salir de relaciones tóxicas y violentas, y al mismo tiempo le enseña a los hijos ese formato para que lo transmitan de generación en generación.

No comprendo, y creo que no podré hacerlo, cómo, en algún momento de la historia de la humanidad, cambiamos lo natural para meternos en el complejo y caótico mundo de las faltas de espontaneidad sentimental que siempre propone el amor. Queremos meter el amor -el cual es imposible de circunscribir- en una caja muy pequeña llamada “reglas” las cuales inexorablemente ¡nos deja solos! Hoy en día parece que glorificamos la soledad en nombre del amor. No es poca cosa esa paradoja viciosa y perversa llena de drama y lágrimas.

Tan dulce que es un beso suave en los labios hambrientos de dulce néctar amoroso, tan perfecto es el entrelazado de piernas de dos amantes después de hacer el amor, tan hermoso es el abrazo de “buenos días” de dos personas que se aman, tan predilecto de los dioses es el sexo entre dos personas que solo saben decir “te amo” y “te adoro”, qué exquisito el aroma del amor, la rosa espinosa que se entrega sin remilgos a la amante bondadosa, que no escatima esfuerzos para decirte que eres el hombre o la mujer más maravillosa de la tierra, qué espléndida es la palabra certera llena de sinceridad de la persona que te cuida y te protege con amor, qué maravilla de la vida cuando cerramos los ojos en la noche y nos damos cuenta que en la mañana siguiente la persona que amamos dormirá plácidamente a nuestro lado.

¿Por qué seguimos en el drama? ¿Es que no nos hemos dado cuenta que las formas de amar han cambiado y ya nada podrá ser igual? ¿Será que somos tan obtusos que nos apegamos a reglas inquisitorias que solo hablan de deber cuando es el querer el que manda en una cama llena de amor? ¿Será que al final, queridos lectores, nosotros, que nacemos y vivimos producto de amor, no sabemos nada del amor? Preguntas que solo pueden ser contestadas por cada uno de nosotros.

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