El 10 de enero de 2019 es una fecha que genera incertidumbre en un grupo de la población y políticos venezolanos. No tendría que ser así y por una sola razón: Nicolás Maduro no será ilegítimo desde ese día… él goza del repudio de la comunidad internacional desde el pasado 20 de mayo, cuando se celebraron unas controversiales elecciones presidenciales que ratificaron su carácter autoritario y violatorio de los preceptos democráticos.

La oposición no debería perder el tiempo deliberando si ese día se desconoce o no a un Gobierno que surgió de unos comicios irregulares, convocados por la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) y organizados por el Consejo Nacional Electoral (CNE), brazo ejecutor del Gobierno y que ha permitido todas las violaciones a la normativa vigente solo para favorecer al partido oficial.

Los primeros días de enero están marcados por la incertidumbre, la ineficiencia del Ejecutivo para hacer frente a la hiperinflación y a la inseguridad, aunado a un clima interno signado por la confrontación. Entretanto, la oposición, cada vez más dividida, tiene que retomar el liderazgo y la conducción ante la opinión pública… y esa no es tarea fácil.

Por eso considero que centrar el debate en fechas o interpretaciones constitucionales no es relevante en este momento. Esta es una crisis política y debe buscarse una salida institucional, bien sea con actores nacionales o con la facilitación de gobiernos extranjeros mediante una negociación. Eso sí, una real conversación que permita la transición y un Presidente provisional hasta que se celebren unas presidenciales justas, transparentes y organizadas por un CNE apolítico.

Este último escenario es difícil de lograr por una razón: ¿qué motivaciones tendría Maduro para dejar la primera magistratura? ¿Qué estaría dispuesto a negociar? Y allí, precisamente, juega un papel importante la comunidad internacional: si no este no cede serán mayores las sanciones económicas que sufra su administración y que podrían derivar en un conflicto interno de dimensiones inimaginadas.

Siempre lo he dicho y lo sostengo: fuera de Venezuela parecieran tener el escenario más claro que quienes hacen política en el país, al punto que presidentes de diferentes países de la región denunciaron a Maduro ante la Corte Penal Internacional (CPI) por estar incurso en delitos de lesa humanidad.

La presión externa se mantiene, pero es insuficiente si adentro no hay la capacidad de buscar alternativas y soluciones reales al hambre, desconsuelo y desprotección de los ciudadanos. Es momento de articular, proponer y ejecutar todos aquellos mecanismos pacíficos que le devuelvan la democracia a Venezuela, de lo contrario, las muertes por desnutrición, falta de medicamentos y la migración forzada (incluso a pie) se mantendrá.

¿Qué debería pasar antes, durante y después del 10-E en Venezuela? El 5 de enero ha de conformarse la nueva directiva de la Asamblea Nacional (AN) y lo más sensato es que se le anuncie a la población los mecanismos de protesta ante la juramentación de Maduro ante el Parlamento. Luego, la presión en la calle, acompañada de una agenda de trabajo coherente debería ser el plato fuerte para Caracas y el interior del país.

Claro está, la protesta tiene un gran contra: la población aún recuerda el dramático final de las protestas de 2017: jóvenes muertos, presos políticos y exiliados. Con esas imágenes frescas en la mente y sin liderazgo, luce complicado. Todo dependerá de las reflexiones y los intereses de la oposición venezolana y su capacidad para hacer frente a uno de los momentos más negros de la historia republicana.

La población aún recuerda el dramático final de las protestas de 2017

En política nada está escrito, no hay fórmulas mágicas ni libros sagrados. La justicia y la democracia solo son posibles cuando hay entendimiento, para ello se requiere grandes dosis de humildad, sagacidad y amor por el país.

De nada sirve a la oposición tener a más de la mitad de la población en contra del país si no sabe cómo ejecutar ese descontento, transformarlo en acción y arrinconar al Gobierno. Desde 2015, cuando se hizo con la mayoría del Parlamento, la larga cadena de infortunios ha dejado un muy mal sabor de boca.

Dice una canción popular de Navidad: “Año nuevo, vida nueva”. Basta ver hasta qué punto los venezolanos podrán transformar su vida mientras siga al frente un Ejecutivo que desconoce los más elementales derechos de la población. Las cartas no están echadas.