Opinión | ¿Es posible reflotar a Venezuela?, por Ingrid Bravo Balabú

El adelanto de la fecha de las elecciones presidenciales en Venezuela era un escenario posible, y tanto políticos como analistas lo indicaron en su momento. Lo único que no dejaron claro es si participar contribuye o no a solucionar la profunda crisis que afecta al país desde la llegada de Nicolás Maduro en abril de 2013.

Esta administración será recordada a futuro como una de las más penosas en la historia republicana: la economía se estancó, millones de connancionales abandonaron el país en búsqueda de un mejor futuro, las denuncias por violaciones a los derechos humanos se incrementaron significativamente y la corrupción se profundizó de tal manera que la nación, a pesar de sus innumerables recursos naturales, tiene sus cuentas en saldo rojo.

Ante el panorama desalentador y los cientos de obstáculos para lograr un cambio pacífico en el país, muchos se preguntan: ¿es posible reflotar a Venezuela? ¿Cuáles son los pasos que se deben seguir para lograr la recuperación de esta bella y próspera tierra?

No se trata de jugar a ser adivino o frotar una botella y que un genio resuelva este profundo problema social. La complejidad que rodea el conflicto venezolano es indescriptible, pero siempre existe la posibilidad de salir adelante. La primera de ellas-y una de las más difíciles- es la transformación a través del voto. El gobierno venezolano presiona por medio del derecho a escoger no solo porque se ha encargado de diseñar una oposición a su medida-al inhabilitar a candidatos preparados y con talante democrático como Leopoldo López y Henrique Capriles-, sino que se vale de la coacción para consolidar los sufragios de quienes se benefician de los diferentes planes sociales diseñados por el Ejecutivo. Sí, el chantaje es política de Estado.

Luce escabroso escoger este mecanismo porque las denuncias de fraude no cesan debido a la notoria parcialidad política de las rectoras del Consejo Nacional Electoral (CNE), pero también es cierto que la abstención favorece al Gobierno. Cuando la oposición se organiza, capacita testigos y presenta aspirantes únicos resulta ganador. Así ocurrió el 6 de diciembre de 2015 en el marco del proceso para seleccionar diputados ante la Asamblea Nacional (AN). La Mesa de la Unidad Democrática (MUD) arrasó con el número de escaños. Aunque el desempeño legislativo no ha sido del todo satisfactorio, este organismo goza de total respeto ante la comunidad internacional y ha servido de piedra de tranca a la administración de Nicolás Maduro, imposibilitada de pedir créditos que le permitirían paliar la escasez de alimentos y medicinas.

Otra opción válida es la abstención, solo que esta ha traído más contra que pro

En 2005, los adversarios de Hugo Chávez acordaron no participar en los comicios parlamentarios. ¿El resultado? El oficialismo logró todo el control institucional que le ha permitido mantenerse. El CNE, los organismos que conforman los poderes Ciudadano, Legislativo y Judicial quedaron en manos de personas abiertamente simpatizantes del llamado chavismo, proyecto político que avanzó y se consolidó mientras la oposición luchaba por recuperar espacios.

El tiempo pasa y el 22 de abril azota en silencio. ¿Qué puede hacer la MUD? ¿Acudir a sabiendas de todas las trampas que pondrá en práctica el Gobierno? ¿Retirarse y pedir la colaboración de organismos internacionales?

Lo primero que debe diseñar es un plan de acción que evalúe escenarios internos y externos. Si la opción es participar debe no solo tener candidato unitario sino comprometerse en trabajar sin mezquindad con este abanderado, recorrer el país y buscar los votos de los arrepentidos e indecisos, además de los jóvenes decepcionados de la política. Ya no basta con denunciar el cúmulo de abusos e irregularidades del chavismo en campaña, ese libreto es harto sabido fuera de las fronteras. Si no hay integración y compromiso, votar no tendrá impacto.

Ahora, si la decisión es abstenerse, el juego se pone más difícil. Buena parte del país está desmotivado, otra se prepara para emigrar y el desinterés rodea la posibilidad de participar en unas elecciones. Si la vía no es electoral entonces toca rescatar con organización y seriedad la protesta en la calle, invitar a los sectores populares y lograr-en resistencia pacífica- que se fragmente el Gobierno.

No faltará quien diga que la fractura en el seno del chavismo será el detonante. Eso no parece viable porque históricamente los simpatizantes de la “revolución” suelen ser disciplinados y a la hora de tomar acciones para seguir al frente del Gobierno se unen para enfrentarse a la oposición… al precio y con las consecuencias que eso traiga.
El éxito de la MUD en los próximos meses dependerá mucho de su capacidad para retomar el liderazgo, de conducir a un pueblo hambriento y de retar políticamente a un gobierno debilitado por la falta de recursos económicos. La comunidad internacional observa, pero los plazos diplomáticos son muy lentos para la solución que demandan los enfermos y hambrientos de la llamada “Pequeña Venecia”.

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