Rendirse nunca fue una opción | Linda Loaiza, ejemplo de coraje y temple de la mujer venezolana

Luego de 15 operaciones reconstructivas, varias noches sin conciliar el sueño y casi dos décadas, aún hay cirugías por hacer debido a un pseudoquiste traumático en la cola del páncreas, además de delicados cuidado que recibir

Mayluth Mujica Jaimes.- Abogada, especialista en Derecho Internacional y activista de los derechos para la mujer. Linda Loaiza logró empoderarse una vez que perdió todo miedo a la justicia ciega, viciada y cómplice de su país, justicia que favoreció a su agresor, Luis Carrera Almoina, el hombre que la mantuvo secuestrada en 2001, durante casi cuatro meses, en un apartamento de la urbanización Los Palos Grandes, al este de Caracas.

Fue abusada sexualmente, torturada, quemada, mutilada, ultrajada psicológicamente, pero a 17 años de este oscuro momento, muestra paz y confianza de obtener justicia en la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH), donde su demanda al sistema de justicia venezolano fue escuchada el pasado 06 de febrero.

“Superar el miedo te hace una mujer empoderada”.

Durante el transcurso de la investigación, Loaiza fue revictimizada a través de un proceso judicial que estuvo plagado de estereotipos de género, retrasos administrativos y hasta destrucción de evidencias.

Al menos 59 jueces se inhibieron de conocer su caso. Las audiencias fueron diferidas en 38 oportunidades. 76 funcionarios del sistema de justicia tuvieron acceso a su expediente, pero nada ocurrió. Hasta ahora.

El caso de Linda Loaiza ejemplifica la situación de impunidad que impera en las denuncias presentadas por miles de mujeres venezolanas, víctimas de la violencia sexual y de género.

“La violencia contra la mujer es una pandemia naturalizada en la sociedad”.

Las perversiones en el sistema de justicia llevaron a Linda Loaiza, al abogado Juan Bernardo Delgado, al Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL) y al Comité de Familiares de las Víctimas de Febrero y Marzo de 1989 (COFAVIC) a presentar su caso ante el sistema interamericano de Derechos Humanos.

Loaiza estudió Derecho en la Universidad Santa María de Caracas para defender su caso en instancias internacionales, pero su verdadero impulso lo encontró la primera vez que se vio al espejo en el cuatro del hospital donde recibía los cuidados médicos para sanar su cuerpo tras semanas de torturas.

“Todas las heridas que sufrí para mí son graves. A los 18 años a una niña se le rompe una uña y es una tragedia, han quedado heridas en todo mi cuerpo, cicatrices que no podrán borrarse ni con mil años”, declaró en exclusiva para El Vinotinto Chile.

“Cuando perdemos el miedo a un sistema de justicia cómplice podemos actuar en favor de otros”.

Luce como cualquier mujer venezolana, es de estatura promedio, de tez blanca, con finos rasgos en su rostro y algunas pecas, de cabello liso y castaño claro que usa largo hasta la espalda, pero también tiene cicatrices de guerra porque luchó para sobrevivir al horror que le propinó otro ser humano.

El labio se le ve distinto. Lo tiene reconstruido, así como una de sus orejas. También tiene algunas cicatrices en forma de círculos, de las que dejan las colillas de cigarros. Sus pómulos la dejan sonreír a las preguntas incómodas y tiene una mirada firme, segura de sí misma. Se expresa con aplomo y no titubea para decir que los derechos están para defenderse, pero está en cada uno reclamarlos y no rendirse en el intento.

“Lo que estaba viendo en el espejo no era yo, era algo irreconocible y dije: Esto no puede seguir sucediendo”.

En el mes que conmemora el Día Internacional de la Mujer, le consultamos cómo define a una mujer empoderada y respondió con locuacidad: “Es aquella mujer que pierde el miedo a luchar y está dispuesta a enfrentar cualquier situación, también lo es aquella mujer que tiene la disposición de impulsar a otras mujeres a que se empoderen”.

Conciliar el sueño profundo es algo en lo que trabaja y tiene muchos cuidados médicos importantes. Luego de 17 años de estar entre las sombras de la muerte, ha atravesado 15 operaciones reconstructivas, dos de ellas en el páncreas, y todavía hay otras por hacer en ese órgano debido a un pseudoquiste traumático.

Linda asegura que, durante un tiempo, fue víctima de insultos de gente que no conocía, que su familia fue expuesta y la defensa de su agresor quiso manchar su honor con el argumento de que ella tenía una relación previa a su secuestro, pero afirma que con sabiduría logró desmentirlo y aclarar las cosas en su momento.

“Siento una gran esperanza de alcanzar la justicia en la CIDH”.

Para Linda su familia es lo más importante, agradece el apoyo de la sociedad civil, que la respeta y admira por defender sus derechos; por vencer las barreras del miedo. De su agresor no ha sabido nada, y no piensa en él porque no necesita quedarse con lo malo.

“Tomo lo bueno de todo esto, desecho lo malo, no hago nada con cargarlo, ya muchas cosas malas pasé, viví, enfrenté y superé como para seguir cargando con cosas malas y eso me impulsa a luchar en positivo”.

Cuenta que una vez su sobrina le preguntó por la cicatriz en su labio -en ese momento aún era una niña y no modulaba bien las palabras- a lo que respondió que se la hizo un perro. Luego, en 2015, cuando la joven escuchó la audiencia en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), le dijo: “¡tía, me mentiste! me dijiste que te había mordido un perro y yo vi la audiencia, no me constaste lo que había pasado. Eso me impactó de plano porque estaba dejando una secuela, a ella le causó un shock el saber qué había ocurrido y bueno, además de esas características físicas está la reacción en la calle de las personas que se te acercan, te saludan, conoces historias de otras mujeres desconocidas, te cuentan hechos cercanos o propios y es así como la sociedad te identifica”.

¿Te has enamorado luego de lo vivido en 2001? ¿Qué conservas de aquella joven de 18 años que quedó huérfana de justicia?

“Cupido está de vacaciones, llegará el momento, pero ahora tengo otras prioridades”.

A pesar del horror vivido, dice que atesora “la misma naturaleza y deseo de hacer cosas buenas, solo que fueron direccionadas de acuerdo a las necesidades, de acuerdo a las experiencias vividas, pero aún conservo mi naturaleza de ser justiciera”.

¿Tiene Venezuela la misma determinación de luchar por los derechos de la mujer que otros países?

“La violencia contra la mujer es una pandemia naturalizada en la sociedad y por ello, los activistas hemos impulsado diferentes ramas para estimular esta lucha, pero en Venezuela, tenemos una gran deficiencia y es no tener las cifras discriminadas por género de muertes violentas en el país. Esto es muy importante a la hora de actuar, para planificar e impulsar proyectos específicos. Aquí hay muchas leyes que hablan de un sistema feminista porque hay más mujeres en el poder, pero eso no trasciende porque las leyes siguen sin una aplicación correcta, una aplicación sin discriminación. Lo que necesitamos es que estas leyes se adapten a la normativa y a los pactos internacionales, necesitamos irnos a la realidad, irnos al cumplimiento de la ley”.

A pesar de las campañas que promueven para concluir con el tráfico de mujeres, el abuso sexual/laboral o la discriminación de género, en lo que va de 2018 se han registrado al menos dos muertes por feminicidio en varios países del cono sur. ¿Dónde se puede empezar y qué se debe hacer para erradicar esta problemática de raíz?

“Para mí la educación es fundamental en todas las etapas de la vida. Los valores en el hogar son fundamentales, los hogares constituidos no importa sin son de heterosexuales u homosexuales, te dan esa fortaleza para denunciar y esa formación no es solo para las mujeres, debe ser también para el hombre, para que aprenda a respetar, lo vemos más claro cuando en un hogar hay hermanos, hombre y mujer, y siempre se tiene que establecer el respeto del uno por el otro, eso es un valor sembrado dentro del hogar. Asimismo, creo que si se desarrollan programas o políticas públicas que de alguna manera busquen des construir las costumbres matriarcales o patriarcales y sus mitos que han causado mucho daño alcanzaremos una sociedad que respeta al otro como igual”.

¿Cómo fue verse al espejo por primera vez?

“Recuerdo que luego de tres meses de estar en el hospital en recuperación, fue que pude verme al espejo y lo hice así como a escondida, y cuando me vi, dije: ¡Dios mío no puede ser! claro me dio mucho dolor en ese momento, mucha tristeza porque tenía otra imagen de mí y lo que estaba viendo no era yo, era algo irreconocible, y dije, tengo que hacer algo, esto no puede seguir sucediendo, creo que cosas así como esas te impulsan y te dan fuerza. Eso es lo que he tenido”.

¿Cómo te gustaría ser recordada?

“Como una persona que ha impulsado los derechos de la mujer, como una persona empoderada de valentía, como una persona deslastrada de todo miedo ante un sistema y una sociedad de cómplices y un amiguismo. Cuando perdemos el miedo a esa sociedad y a ese sistema de cómplices, solo entonces podemos decir, podemos actuar en favor, no solo de nuestros derechos personales, sino los derechos de una sociedad más civilizada”.

¿Qué recomiendas a las mujeres que como tú han sufrido abuso sexual?

“A todas les digo que no interesan las circunstancias, lo más importante es denunciar. Persistir en esas denuncias, exigir y reclamar los derechos que tenemos, es nuestro deber. El miedo no existe, es algo que te congela y las amenazas quedan atrás cuando logras empoderarte. Y lo más importante, rendirse no es una opción”.

“El miedo no existe. Denunciar, exigir y reclamar nuestros derechos es el deber ser cuando somos víctimas de abuso sexual o de género”.

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